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GINA SACASA

Horacio Peña revela los entretelones de “ARS MORIENDI y otros poemas”

Gina-Sacasa-Ross 

Por: Gina Sacasa-Ross  

«“ARS MORIENDI  y otros poemas”, es la vida de un hombre, vita d’un uomo,  que quiere ser todos los hombres».

Estremece la frase inicial del artículo, Horacio Peña revela los entretelones de “ARS MORIENDI y otros poemas”, publicado recientemente en www.diarionica.com, porque actualiza la perenne inquietud que ha palpitado por siglos en el cerebro humano: 'Vita d' un uomo' que quiere ser todos los hombres. Ilusión compartida por tantos que puede considerarse parte de los eslabones  generacionales. Jorge Luis Borges, explicó: “No estoy seguro de que yo exista, en realidad,  soy todos los autores que he leído, toda la gente que he conocido, todas las mujeres que he amado. Todas las ciudades que he visitado, todos mis antepasados...”   

Horacio Peña en sus poemas nos interna en la ruta del viaje de la vida que, en algún recodo, nos presenta la atávica incertidumbre  pero, a la vez, nos reta a establecer tesis fascinantes por cuanto pueden ser por igual maravillosas y escabrosas.  

“Horacio Peña ha tenido siempre una preocupación, un pensamiento central
arraigado en el deseo de la trascendencia humana, del destino espiritual superior
de la raza humana. Desde “Diario de un joven que se volvió loco (l962) pasando por “La soledad Y el desierto”, llegando a Ars Moriendi, y continuando con su obra literaria posterior, su poesía está impregnada de la visión profética.”  Ha afirmado el escritor, Danilo López Román.

Yo conocí sobre este poemario allá por los años noventa cuando vivía en Miami y el cilicio  del exilio  nos fustigaba sin piedad a tantos nicaragüenses. Fue gracias a Danilo López Román, hombre de múltiples talentos: Arquitecto, escritor, traductor, editor y promotor cultural a quien tuve la fortuna de encontrar en mi camino a lo largo de mi desempeño como reportera y columnista de Diario Las Américas; periódico de notable importancia para los latinoamericanos de aquella época por cuanto era el diario en español más sobresaliente que circulaba en los Estados Unidos. Para los nicaragüenses en especial, era además un motivo de orgullo, ya que su fundador y director fue el Dr. Horacio Aguirre Baca, no solamente nicaragüense de cepa, sino un ejemplo de que se puede alcanzar el éxito a pesar de las vicisitudes del destierro.  

20 años después y nuevamente en mi constante recorrer el camino de las letras, encuentro a José Antonio Luna Centeno, destacado periodista, escritor, ensayista e investigador cultural quien, al igual que Danilo López Román, me habla de su admiración por Horacio Peña y su Ars Moriendi. Luna Centeno recalca la necesidad de publicar una edición conmemorativa del poema ganador del Premio UNICO (1967) en el certamen de Poesía convocado en Nicaragua por la Comisión Nacional a Rubén Darío con motivo del  Primer Centenario de vida del poeta... ¡y lo logra!

Muy pronto, esta obra hecha realidad, "por la imaginación y tenacidad de José Antonio Luna que ha dedicado su tiempo a organizar todo el libro: formato, orden de los comentarios, carátula y contraportada"  según palabras del propio, Horacio Peña, será presentada al público. Al que recomiendo no perdérsela.

Pero, hay algo me interesa consultar en este momento con los lectores: ¿Será una extraña coincidencia que mi afección literaria me haya brindado la oportunidad de descubrir, conocer, reconocer y valorar la obra de Horacio Peña a través de su Ars Moriendi?, ¿O  se lo debo más bien a un destino superior?

Sun City Center, FL
Febrero, 2017

 

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Martes, 03 de Enero de 2017

Un cuento de Gina Sacasa

Gina Sacasa-Ross

 

La Promesa
Cuento onírico

Por: Gina Sacasa-Ross

Era una tarde perezosa de esas peculiares a abril en Lake Arrowhead, una comunidad al norte de Atlanta, Georgia, anidada entre las cordilleras Apalaches y Blue Ridge: desde mi casa diviso el punto exacto donde las dos se unen.      

La luz del sol, suficientemente fuerte a esa hora para iluminar las montañas con un estallido de colores y resaltar el azul de sus contornos contra los diferentes tonos de verde de las nuevas hojas de los árboles, no alcanzaba, sin embargo, a calentar el aire, produciendo tan solo una brisa tibia que invitaba a cerrar suavemente los ojos.

Aparentemente yo había caído en esa tentación y dormitaba en la poltrona del porche de mi casa cuando el ruido de la puerta de un vehículo al cerrarse me sacó de mi letargo.  

Fue entonces cuando la vi. Al principio me desconcerté porque aunque hacía algunos meses habíamos hablado por teléfono y ella había prometido visitarme, no recordaba haberle dado mi dirección ni haber confirmado con ella fecha alguna para reunirnos.

Pero allí estaba al pie de nuestro sendero de entrada con su sombrerito de paja medio ladeado, sandalias de tiritas a la última moda y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Mujer! —grité— ¡qué sorpresón!

—¡Te lo prometí! —gritó ella a su vez.

—¿Con quién viniste? —seguí diciendo, repuesta un tanto del asombro—. El carro puede llegar hasta acá arriba.  A pie te va a costar subir, es una rampa muy inclinada.

—No importa —contestó— puedo hacerlo. Pero te advierto, sólo vengo de paso, ¡si supieras cuanto más alto que esto tengo que subir!
 
Me enternecí. Era un esfuerzo grande, mucho más a nuestra edad. ¡Qué cariño el de ella!  

Y mientras la veía dispuesta a escalar la empinada cuesta a mi casa, mi mente abrió la película de esa maravillosa infancia de nosotras en nuestra antigua ciudad León de Nicaragua... aquellas sus calles coloniales, que recorríamos a diario inundándolas con risas y conversaciones... nuestros juegos infantiles: el ‘pegue-pegue’, que nos obligaba a corretear los amplios corredores del colegio; el ‘retrato’, para el cual saltábamos desde el pequeño muro del parque de la Iglesia de la Recolección, procurando caer en la pose más graciosa... Nuestros sueños juveniles sobre el futuro... Luego, los diferentes caminos por los que la vida nos había empujado: estudios, amores, bodas, hijos, nietos, alegrías, enfermedades... Separadas físicamente pero siempre en contacto, conservándonos una a otra dentro del corazón.

El timbre de mi celular trajo mi mente a la realidad.

—¿Qué, qué? ¿cuándo? —pregunté acongojada— ¡imposible, no puede ser!

Me restregué los ojos buscando retomar la visión de verla allá abajo, sonriendo dispuesta a acortar la distancia que nos separaba, pero no la vi. Ya no estaban ni ella ni el automóvil.

—Es que... casualmente estaba soñando con ella —logré balbucir en el teléfono.

—Sí, tenés razón, vino a despedirse. Ella me lo dijo. Me dijo que iba camino a un lugar mucho más alto... al cielo, sin lugar a dudas, pero antes quiso hacer una parada en mi casa.
¡Me lo había prometido!  

Lake Arrowhead,Georgia
Abril, 2014

Gina Sacasa-Ross y Jose Antonio Luna-Dic-2016